domingo, 29 de noviembre de 2009
Amanecer en el desierto.
Un penetrante ruido que no cesaba me despertó, descolgué el teléfono, unas inteligibles palabras en inglés que por respuesta obtuvieron la callada y colgué. Unos minutos más tarde, de nuevo pitaba algo, golpe desalmado al móvil, y un desesperado intento de ponerme en pie. Miro en la cama de al lado, Gaby se pelea con las sábanas y por fin enciendo la luz, medio zombie me levanto y me visto, él hace lo mismo, apenas hablamos, estamos demasiado dormidos para hacerlo. Bajamos al bar y nos sirven un café que parece agua manchada, algo es algo, arrastrándonos hasta el autocar con la almohada del camarote entre los brazos. Al subir cada uno elige un sitio, ni siquiera descorremos las cortinas de las ventanas, intentando acomodarnos para volver a conciliar el sueño, cosa que en mi caso, no sucede, hace demasiado frío y ninguna postura me viene bien para mi tobillo maltrecho. A pesar de todo me vence el cansancio y acabo en una duermevela de esas que ni siquiera sabes cuánto duran pero que se te hacen eternas. Decido abrir los ojos, descorro la cortina y ahí está, el amanecer, el sol abriéndose paso a través de la línea del horizonte del desierto. Un espectáculo mágico. Miro hacia el asiento de atrás dónde Gaby todavía duerme, le miro, lo pienso ¿le despierto? Finalmente me decido y con una suave caricia rozo su rostro, intentando que el despertar sea lo más agradable posible, me mira con cara de tengo sueño, "está amaneciendo" le susurro y él también descorre su cortina, mira por la ventana y me sonríe. Estamos juntos en un autocar rumbo a Abu Simbel, atravesando el Sahara, son las seis menos cuarto de la mañana más o menos y amanece en el desierto.
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