piensas, no, más bien sueñas, tampoco, recuerdas, recuerdas lo que era ser niña y creer en los cuentos de hadas, no tener preocupaciones ni obligaciones, no conocer el valor del dinero más allá de cuántas chuches me darán con un duro. Escuchas una canción que te hace llorar, y de repente, de ves sonriendo de nuevo por la siguiente. Un día abres los ojos y te das de bruces con la vida adulta, trabajo, responsabilidades, expectativas. Un día cierras los ojos y cuando vuelves a abrirlos ya no eres tu. Otra suplanta tu ser, te sientes distinta y no sabes si reir o llorar, si es bueno o malo, si estás perdida o has encontrado un camino. Un día cierras los ojos y haces recuento de tus pequeñas metas cotidianas, y ¿se han cumplido? Estás ahí y te sientes bien conduciendo tu nuevo coche, cada mañana cuando vas a tu, no nuevo trabajo, pero si puesto, te sientes bien cuando estás con él, quizás todo estaría mejor con un techo propio, pero no te puedes quejar. Un día cierras los ojos y ves sueños cumplidos y al abrirlos te sientes vacía de sueños, necesitas sueños nuevos, porque siempre queremos más. Necesitamos más, seguir soñando, seguir luchando, hasta que un día cierras los ojos cansada de luchar y pides tiempo muerto, una tregua, para poder cerrar los ojos y pensar.
Y a veces cierras los ojos y ni siquiera piensas, los entreabres para poder escribir porque nunca diste mecanografía y simplemente escupes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario